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Capítulo 1

Regreso a la Sombra

Algo en el aire del pueblo me recibe con un susurro inquietante, un viento que se cuela entre los árboles como dedos helados que rozan mi piel. Avanzo por la carretera polvorienta con el auto que chirría bajo el peso de los años, mi hijo dormido en el asiento trasero, su respiración suave un contraste con el latido acelerado de mi pecho. Las casas que bordean el camino se inclinan como siluetas cansadas, sus techos desgastados por tormentas olvidadas, y el sol del atardecer pinta todo de un tono rojizo que parece sangre diluida en el horizonte. No es solo el cansancio del viaje lo que me hace apretar el volante hasta que mis nudillos palidecen; es la forma en que el pueblo me observa, como si las sombras entre las ramas fueran ojos que me reconocen.

Detengo el auto frente a la estación de autobuses abandonada, el lugar donde mi infancia se desvaneció en recuerdos borrosos. Mi hijo se despierta con un gemido, frotándose los ojos con los puños cerrados, y yo me obligo a sonreír, aunque mis labios tiemblan. "Estamos aquí, cariño", murmuro, mi voz un hilo tenso en el silencio. Él mira por la ventana, su carita iluminada por la curiosidad infantil que aún no ha sido tocada por el peso de lo que nos espera. Salgo del auto y el aire me golpea como un manto húmedo, cargado de olores a tierra mojada y flores marchitas que me llevan de vuelta a veranos lejanos. Recuerdo cómo jugaba en estos callejones, riendo con mis primos, pero ahora esos ecos se sienten distantes, como ecos ahogados en un pozo profundo.

Camino hacia la plaza central, cargando la maleta que parece más pesada con cada paso, mi hijo trotando a mi lado con su mochila colgada de un hombro. Las tiendas están cerradas, sus vitrinas empañadas por el polvo, y solo un par de ancianos se detienen a mirarnos desde los bancos de madera astillada. Siento sus ojos sobre mí, un peso invisible que me hace encorvar los hombros, como si el pueblo mismo me acusara de haberlo abandonado. "Mamá, ¿por qué todo está tan quieto?" pregunta mi hijo, su voz pequeña rompiendo el silencio. Me agacho a su altura, pasando una mano por su cabello oscuro, y respondo: "Es solo el viento, no te preocupes". Pero mis palabras suenan huecas, porque el viento no explica el escalofrío que sube por mi espalda, ni el modo en que las hojas secas se arremolinan a nuestros pies como si huyeran de algo.

La casa familiar aparece al final de la calle, una estructura imponente con paredes desconchadas y un techo que se curva como una espalda encorvada por el tiempo. Subo los escalones de la entrada, el madera cruje bajo mis pies, y por un momento, dudo en la puerta, mi mano temblando sobre el picaporte oxidado. ¿Qué espero encontrar dentro? No solo muebles cubiertos de sábanas, sino quizás fragmentos de un pasado que mi abuelo se llevó a la tumba. Empujo la puerta y el olor a madera vieja y humedad me inunda, un aroma que se adhiere a mi garganta como una mano que aprieta. Mi hijo entra detrás de mí, sus pasos eco en el vestíbulo, y yo me quedo allí, respirando superficialmente, como si inhalar demasiado profundo pudiera despertar algo dormido en las sombras.

Pero antes de que pueda explorar, un golpe en la puerta me saca de mi ensimismamiento. Es María, su figura familiar en el umbral, con el cabello rizado cayendo sobre sus hombros y una sonrisa que intenta ser cálida pero no llega del todo a sus ojos. "Ana, has llegado", dice, su voz serena como siempre, pero hay una pausa en sus palabras, un titubeo que hace que mi estómago se contraiga. Me acerco y la abrazo, sintiendo la rigidez en su cuerpo, como si estuviera conteniendo algo. "Gracias por venir", respondo, mi tono más firme de lo que me siento, porque necesito un aliado en este lugar que parece conspirar contra mí. Ella entra, llevando una cesta con pan y frutas, y mi hijo se esconde detrás de mis piernas, observándola con recelo.

Nos sentamos en la cocina, el polvo cubriendo la mesa de madera, y María sirve té en tazas agrietadas que pertenecieron a mi abuela. "El pueblo no ha cambiado mucho", comenta ella, sus dedos trazando el borde de su taza, pero evito su mirada porque sé que hay más en sus palabras. "No, no ha cambiado", digo, mi voz saliendo ronca mientras remuevo el té, el cucharita tintineando más fuerte de lo necesario. Mi hijo juega con un trozo de pan, desmenuzándolo en migas que caen al suelo, y yo lo miro, sintiendo un nudo en el pecho al pensar en cuánto debo protegerlo de lo que sea que acecha aquí. María menciona el funeral de mi abuelo, cómo la gente susurraba sobre su partida repentina, y yo asiento, pero no pregunto más, no todavía. Hay una distancia en ella, una reticencia que me hace cuestionar si realmente puede ser mi apoyo, o si el pueblo la ha moldeado para que guarde sus secretos.

Mientras hablamos, el sol se esconde más allá de las ventanas, proyectando sombras largas que se estiran por el suelo como tentáculos. "¿Has visto algo extraño desde que llegaste?" pregunto al fin, mis palabras saliendo antes de que pueda detenerlas, y María se detiene, su mano congelada sobre la taza. "Todos los lugares tienen sus historias, Ana", responde ella, su voz bajando a un murmullo, como si temiera ser escuchada por las paredes. Siento un escalofrío, mis dedos se crispan en el mantel, y cambio de tema, hablando de mi vida en la ciudad, de los trabajos que no duran y las noches en vela con mi hijo. Pero cada palabra parece un velo que se rasga, revelando lo mucho que he huido de este lugar.

Después de que María se va, prometiendo volver mañana, me quedo sola con mi hijo en la casa que ahora es mía. Él se acurruca en el sofá, sus ojos pesados por el sueño, y yo lo arropo con una manta raída, mi mano lingeredo sobre su frente un momento más de lo necesario. Luego, incapaz de resistir, empiezo a explorar las habitaciones, el haz de mi linterna cortando la oscuridad como un cuchillo. La sala principal está tal como la recuerdo: el reloj de pared que no ha ticado en décadas, el retrato de mi abuelo colgado en la pared, sus ojos pintados pareciendo seguirme. Me detengo frente a él, mi respiración acelerada, y paso un dedo por el marco polvoriento, sintiendo un hormigueo en la piel como si él me estuviera juzgando.

En el cuarto de mi infancia, abro el armario y saco una caja de juguetes oxidados, el metal frío bajo mis manos. Recuerdo cómo jugaba aquí, inventando historias con muñecos que ahora yacen rotos, y una oleada de nostalgia me inunda, haciendo que mis ojos se humedezcan sin que lo permita. Mi hijo se despierta y viene a mi lado, tomando un tren de hojalata que gira con un chirrido, y jugamos juntos por un rato, sus risas eco en el silencio, pero yo no puedo unirme del todo, no con el peso de los recuerdos que amenazan con aplastarme.

Avanzo hacia el ala este de la casa, un pasillo que siempre evité de niña por su oscuridad persistente. Las puertas crujen cuando las abro, revelando habitaciones llenas de muebles cubiertos, sus formas vagas como fantasmas acechantes. En una de ellas, encuentro el escritorio de mi abuelo, cubierto de papeles amarillentos y un diario encuadernado en cuero. Lo abro con manos temblorosas, las páginas crujiendo como hojas secas, y las palabras garabateadas me llaman, pero no las leo aún; solo siento el pulso en mis sienes, un latido que se acelera con cada línea.

Luego, al final del pasillo, encuentro algo que no esperaba: una puerta que nunca había visto, oculta detrás de una cortina raída. Mi corazón salta en mi pecho, y me acerco, mis pasos lentos, el aire más frío aquí, como si el frío emanara de la madera misma. Presiono la mano contra la superficie, sintiendo las astillas que se clavan en mi palma, y giro el pomo, pero no cede. Está cerrada, y esa barrera simple despierta en mí una mezcla de curiosidad y un miedo que se enrosca en mi estómago como una serpiente. ¿Qué hay detrás? ¿Un secreto que mi abuelo guardó con celo, o algo más siniestro que espera ser liberado?

Mi hijo aparece a mi lado, su manita en la mía, y yo lo alejo suavemente, murmurando que es hora de dormir, pero la puerta permanece en mi mente, un enigma que no puedo ignorar. La casa gime a mi alrededor, como si respondiera a mis pensamientos, y en la oscuridad, siento que la maldición de mi familia se cierne, un susurro en las sombras que promete revelar verdades que preferiría no conocer. Apago la linterna y nos retiramos a la habitación principal, pero el sueño no viene fácil; cada crujido me hace incorporarme, mis ojos escudriñando la negrura, sabiendo que este regreso ha abierto una puerta que no puedo volver a cerrar.

Capítulo 2

Sombras del Pasado

El polvo no es lo único que ha sido olvidado en esta casa. Mis dedos trazan el borde de una repisa polvorienta en el pasillo, dejando un surco que revela el color original de la madera, ahora opaco bajo capas de abandono. La luz del mediodía se filtra a través de las cortinas raídas, proyectando patrones irregulares en el suelo, como si las sombras mismas se retorcieran para esquivar la inspección. Avanzo con cautela, mi respiración más pesada de lo que debería ser, el peso de la maleta que traje desde la ciudad aún oprimiendo mis hombros, aunque la he dejado en el vestíbulo.

Mi hijo, con su cabello oscuro revuelto como siempre, se queda atrás en la puerta de la habitación principal, sus ojos grandes y curiosos fijos en mí. "Mamá, ¿qué hay ahí?", pregunta, su voz un susurro que rebota en las paredes desconchadas. Me detengo, mi mano se cierra en un puño involuntario al recordar cómo se despertó anoche en el auto, frotando sus ojos y cuestionando el silencio del pueblo. No le respondo de inmediato; en vez de eso, me agacho para ajustarle la mochila que cuelga de su hombro, mis dedos temblando ligeramente contra la tela gastada. "Vamos a ver, pero quédate cerca", murmuro, mi tono más firme de lo que siento, porque la casa parece exhalar un aliento frío cada vez que nos movemos.

La biblioteca está al final del pasillo, una habitación que mi abuelo rara vez mencionaba en sus cartas. La puerta cruje cuando la empujo, un sonido que hace eco como un lamento reprimido, y el aire dentro es más denso, cargado de un olor a papel viejo y humedad que se me adhiere a la garganta. Los estantes se elevan hasta el techo curvo, repletos de volúmenes encuadernados en cuero agrietado, algunos inclinados como si estuvieran a punto de caer. Me acerco a un estante bajo, donde los libros parecen menos ordenados, y mis dedos rozan los lomos, desatando nubes de polvo que me hacen toser, mi pecho se contrae en espasmos que no logro controlar del todo.

Allí, detrás de un tomo descolorido sobre historia local, mis uñas raspan algo más duro, algo que no encaja. Extraigo un diario, su cubierta de cuero negro rajada y atada con una cinta deshilachada. Lo sostengo en mis manos, el peso inesperado hundiéndome los brazos, y lo abro con cuidado, las páginas amarillentas crujiendo como hojas secas bajo el viento. Las palabras están garabateadas en una caligrafía temblorosa, la tinta desvaída pero legible, y comienzo a leer en voz baja, mi voz reverberando en el silencio de la habitación.

"El 15 de octubre de 1928, las sombras se alargaron más allá de lo natural en el patio trasero. Mi padre juró que eran solo juegos de la luz, pero yo vi cómo se movían, independientes del sol. La maldición, esa palabra que susurran en el pueblo, se aferra como una mano invisible." Las letras bailan ante mis ojos, y siento un hormigueo en la nuca, como si alguien me observara desde las esquinas más oscuras de la biblioteca. El diario describe eventos que helarían la sangre: visiones de figuras etéreas en los pasillos, objetos que cambian de lugar por la noche, y un sacrificio mencionado en términos vagos, algo sobre un pacto con lo desconocido para proteger la tierra familiar. Mi pulso acelera, y aprieto el diario contra mi pecho, el cuero frío contra mi piel, mientras mis ojos recorren las líneas siguientes.

"Mi hermano menor la vio primero: una silueta en la ventana, con ojos que brillaban como brasas. Dijo que le susurraba nombres, secretos que no debía conocer. Al día siguiente, enfermó, y nada de lo que hicimos pudo salvarlo." Las palabras se hunden en mí como ganchos, tirando de recuerdos que había enterrado: las historias que mi abuelo evitaba contar, las llamadas telefónicas cortas y evasivas. Sigo leyendo, las páginas pasando con rapidez, mi respiración entrecortada. El autor, quien sea que fuera, habla de una entidad que se alimenta de los secretos de la familia, una fuerza que se fortalece con cada generación que niega su existencia. "La casa no es solo paredes y techos; es un receptáculo, un prisionero que anhela libertad a través de nuestra sangre."

Dejo el diario sobre una mesa, mis manos sudadas dejando marcas en el cuero, y me incorporo, el crujido de mis rodillas rompiendo el silencio. Mi hijo se ha acercado, su pequeña mano rozando el borde de la mesa, y lo miro con una sonrisa forzada, aunque mis labios tiemblan. "Es solo un libro viejo, nada más", digo, pero mi voz sale más aguda de lo esperado, y él frunce el ceño, sus dedos jugueteando con la mochila. "¿Por qué parece que te asusta, Mamá?" Su pregunta me detiene, y en lugar de responder, me arrodillo a su lado, envolviendo mis brazos alrededor de él, sintiendo el latido de su corazón contra el mío, rápido y constante.

Pero el alivio es fugaz. Un escalofrío recorre mi espalda, como un aliento helado en la nuca, y me giro hacia la puerta de la biblioteca. Las sombras en el pasillo parecen más profundas ahora, extendiéndose desde las esquinas como tentáculos, y un leve murmullo, casi imperceptible, hace que mis oídos zumben. ¿Es el viento? ¿O algo más? Me levanto abruptamente, mi pie tropezando con una alfombra raída, y agarro la mano de mi hijo, tirando de él hacia mí. "Volvamos a la habitación", digo, mi voz un susurro apresurado, pero él se resiste, sus ojos fijos en la oscuridad del pasillo.

La presencia se hace más tangible a medida que nos movemos, un peso en el aire que hace que cada paso cueste esfuerzo. En el salón principal, las paredes desconchadas parecen susurrar, y un cuadro colgado, uno que no recordaba de mi infancia, se inclina ligeramente, como si algo lo hubiera rozado. Me detengo, mi corazón latiendo con fuerza en mis oídos, y escudriño la habitación, mis ojos buscando formas en la penumbra. "¿Lo sientes?", le pregunto a mi hijo, aunque sé que no debería, y él asiente, su rostro pálido, sus manos apretando las mías hasta que mis nudillos blanquean.

No puedo ignorarlo. Regreso a la biblioteca, dejando a mi hijo en el umbral con instrucciones de no moverse, y tomo el diario de nuevo. Las páginas siguientes detallan más incidentes: una mujer de la familia que se ahogó en el estanque trasero, un hombre que desapareció en la noche sin dejar rastro, todo ligado a esta maldición que parece una herencia maldita. "Debe romperse con verdad y sacrificio", leo, las palabras clavándose en mí como espinas. Cierro el diario con un chasquido, mi pecho subiendo y bajando con respiraciones cortas, y lo meto en mi bolso, el cuero rozando contra la tela.

Más tarde, cuando el sol comienza a bajar, llamo a María. Su voz al teléfono es un ancla en la tormenta, calmada y serena como siempre, pero hay un temblor subyacente que no escapa a mi oído. "Ana, ¿estás bien? Escuché que volviste", dice, y yo me hundo en una silla en la cocina, el asiento duro e incómodo bajo mí. "Hay algo en esta casa, María. Encontré un diario... habla de una maldición." Hay una pausa, y puedo imaginarla mordiéndose el labio, su cabello rizado cayendo sobre su rostro.

"Vamos, te invito a mi casa", responde finalmente, su tono urgente. Nos encontramos en la plaza central, el lugar con sus tiendas cerradas y vitrinas empañadas, los bancos de madera astillada donde los ancianos solían sentarse. Ahora, está desierto, salvo por el viento que arremolina hojas secas a nuestros pies, como si el pueblo mismo contuviera el aliento. María me abraza al verme, su abrazo cálido contrastando con el frío que me cala los huesos, y mi hijo se esconde detrás de mí, su mano aferrándose a mi falda.

En su casa, una cabaña modesta al borde del pueblo, nos sentamos en la mesa de la cocina, el vapor del té subiendo entre nosotras. "El pueblo siempre ha susurrado sobre tu familia, Ana", dice María, su voz bajando a un murmullo. "Dicen que tu abuelo hizo algo, un pacto o un error que atrajo... eso. Los ancianos evitan hablar, pero he oído historias de sombras que se llevan a los niños, de voces en la noche que revelan secretos." Sus palabras caen como gotas de lluvia fría, y yo me inclino hacia adelante, mis dedos rodeando la taza con fuerza, el calor quemando mis palmas.

"¿Por qué nadie me lo dijo?", pregunto, mi voz saliendo más fuerte de lo que pretendía, y María baja la mirada, sus hombros encorvándose ligeramente. "Temían que te alejaras para siempre, como hiciste. Pero ahora que estás aquí, los susurros han vuelto. Anoche, oí que alguien mencionó tu nombre en el viento." Su revelación hace que un escalofrío me recorra, y miro hacia la ventana, donde las sombras del atardecer se alargan, pareciendo extenderse hacia nosotros.

Regreso a la casa familiar con mi hijo dormido en el auto, el chirrido de las ruedas sobre el camino de grava rompiendo el silencio. En la entrada, lo cargo en brazos, su peso familiar y reconfortante, y lo acuesto en la cama, sus respiraciones suaves un bálsamo temporal. Pero yo no puedo descansar. El diario me llama desde mi bolso, y lo saco, abriéndolo bajo la luz débil de una lámpara. Las palabras me envuelven, revelando más capas de horror: un antepasado que invocó una entidad para proteger la tierra, a costa de generaciones futuras.

Siento esa presencia de nuevo, más fuerte ahora, un roce en mi piel que me hace erguirme, mis ojos escudriñando la oscuridad. ¿Es mi imaginación, o hay una forma en la esquina, una silueta que se disuelve al mirarla? Mi corazón late con fuerza, pero no me detengo. Tomo el diario, mis dedos trazando las palabras, decidida a desentrañar este enigma, porque si no lo hago, podría consumirnos a todos. La verdad, por dolorosa que sea, es el único camino adelante, y en esta casa de secretos, no hay escapatoria.

Capítulo 3

El Diario Revelador

Las palabras en el diario resuenan en mi mente como un eco oscuro, envolviéndome en capas de tinta que se adhieren a mi piel como telarañas húmedas. Me encuentro de nuevo en la biblioteca de la casa familiar, el aire denso y mohoso oprimiéndome el pecho mientras mis dedos trazan las líneas irregulares de la caligrafía temblorosa. El cuero rajado del diario se desmorona bajo mi tacto, y cada página que giro libera un polvo fino que me hace toser, un sonido ahogado que reverbera en el silencio de la habitación. No puedo apartar la vista; las palabras me llaman, susurros de un pasado que se niega a quedarse enterrado.

Me acomodo en el sillón raído junto a la ventana, donde la luz del atardecer se filtra a través de los cristales empañados, proyectando sombras alargadas que bailan en los estantes sobrecargados. El tomo descolorido sobre historia local yace a mi lado, olvidado, mientras me sumerjo en el relato. "El sacrificio es el precio de la tierra", leo en voz baja, y mi voz se quiebra al pronunciar las palabras, como si el mero acto de decirlas las hiciera reales. El pasaje describe a un antepasado, mi bisabuelo según parece, que invocó una fuerza antigua para proteger el pueblo de una sequía devastadora. Pero el costo... oh, el costo era impío. "Debe entregarse lo más puro, lo que florece en la sangre de la familia, para que la entidad no devore lo que queda". Mis manos se crispan en el papel, las uñas dejando marcas en las páginas amarillentas, y un escalofrío recorre mi espalda, erizando el vello de mis brazos.

No es solo historia; es una sentencia. Pienso en mi hijo, en su rostro inocente y su cabello oscuro que cae sobre sus ojos cuando se despierta de una pesadilla. ¿Es esto lo que ha acechado a mi familia durante generaciones? Las líneas siguientes detallan visiones, apariciones que persiguen a los descendientes, obligándolos a elegir entre su propia vida y la de sus seres queridos. "El elegido sentirá el llamado en sus sueños, y la entidad reclamará su tributo". Mi respiración se acelera, y me inclino hacia adelante, el sillón crujiendo bajo mi peso, mientras mis ojos recorren las palabras con avidez febril. No puedo detenerlo; cada revelación me arrastra más profundo, como si el diario mismo se alimentara de mi curiosidad.

De pronto, un golpe sordo en el pasillo me hace levantar la cabeza. El sonido es leve, pero en esta casa, donde el viento parece susurrar secretos a través de las paredes desconchadas, cada ruido es una amenaza. Me quedo quieta, el corazón latiendo con fuerza contra mis costillas, y agudizo el oído. Nada más. Tal vez fue solo el viento, o una de las vigas del techo curvado cediendo bajo el peso de los años. Pero no me engaño; esta casa vive y respira con una voluntad propia. Vuelvo al diario, forzándome a continuar, aunque mis dedos tiemblan al pasar la página. "El sacrificio no puede evitarse; la entidad se manifiesta en la sangre más joven, la que aún no ha sido corrompida por el mundo". Las palabras se enredan en mi garganta, y trago saliva, sintiendo un sabor amargo que se extiende por mi boca.

Recuerdo la llegada al pueblo, el auto chirriante deteniéndose frente a la estación abandonada, mi hijo dormido en el asiento trasero. Se despertó con un gemido, frotando sus ojos y preguntando por qué todo estaba tan quieto, como si el silencio mismo lo asustara. Ahora, al leer esto, me pregunto si ya estaba allí, esa sombra acechando. ¿Es mi hijo el "elegido"? La idea me golpea como un puño en el estómago, y me levanto de golpe, el diario cayendo al suelo con un thud que resuena en la biblioteca. Me agacho para recogerlo, mis rodillas protestando contra el frío del piso de madera, y lo aprieto contra mi pecho, como si pudiera protegerlo de las verdades que contiene.

La tarde avanza, y el sol se hunde más allá de las colinas, tiñendo el cielo de un púrpura enfermizo. Decido llevar el diario conmigo, incapaz de quedarme en esta habitación donde el aire parece más pesado, cargado de olores a papel viejo y humedad. Camino por el pasillo, mis pasos ecoando en el silencio opresivo, y entro en la cocina para prepararme una taza de té. El vapor asciende de la tetera, enroscándose como humo de un incendio, y me quemo los dedos al verter el líquido, un dolor agudo que me hace soltar un suspiro. Es una distracción mínima, pero en este momento, cualquier cosa que me ancle a la realidad es bienvenida.

Mientras sorbo el té, sentada a la mesa de madera astillada, mi mente regresa al pasaje. El sacrificio necesario... ¿qué significa exactamente? ¿Una vida por otra? Mis pensamientos se arremolinan, y me froto las sienes, sintiendo la tensión acumulada en mi frente. No soy una mujer valiente; siempre he dudado de mis decisiones, desde que dejé este pueblo huyendo de mis miedos. Pero ahora, con mi hijo aquí, algo dentro de mí se agita, un fuego que no puedo ignorar. Quiero protegerlo, lo necesito, pero la idea de lo que podría tener que hacer me paraliza, mis manos apretando la taza hasta que mis nudillos se blancan.

El sonido de pasos en el piso de arriba me saca de mis reflexiones. Son leves, como el trote de un animal, y proceden de la habitación de mi hijo. Dejo la taza y subo las escaleras, cada peldaño crujiendo bajo mis pies, un recordatorio de que esta casa no perdona los secretos. La puerta de su habitación está entreabierta, y lo veo sentado en la cama, su cabello oscuro revuelto, los ojos muy abiertos en la penumbra. "Mamá", dice con una voz temblorosa que me parte el corazón, "volví a soñar con ella".

Me acerco lentamente, el suelo de madera fría bajo mis pies descalzos, y me siento a su lado. Su mano se cierra alrededor de la mía, pequeña y cálida, pero sus dedos están sudorosos, como si acabara de correr una maratón. "¿Qué viste esta vez?" pregunto, manteniendo mi voz lo más calmada posible, aunque mi pulso late en mis oídos. Él duda, sus ojos bajando hacia las sábanas arrugadas, y traga saliva antes de hablar. "Una mujer en la niebla, mamá. Dice que yo soy el que debe pagar. Quiere algo de mí, algo que no entiendo". Sus palabras son un susurro, pero en esta casa, parecen amplificadas, rebotando en las paredes como ecos de un lamento.

Lo abrazo, sintiendo su cuerpo rígido contra el mío, y su respiración entrecortada me dice todo lo que necesito saber. No es solo un sueño; es la maldición manifestándose, tal como el diario lo describió. "No pasa nada, cariño", murmuro, aunque las palabras suenan huecas incluso para mí. Su mano se aprieta en mi hombro, y siento cómo tiembla, un temblor que se transmite a mi propio cuerpo. ¿Cómo puedo protegerlo si no entiendo fully el peligro? La contradicción me carcome: deseo con todas mis fuerzas mantenerlo a salvo, pero mi inseguridad me susurra que soy incapaz, que soy solo una sombra de la mujer que debería ser.

Pasamos unos minutos en silencio, el único sonido el viento que aúlla fuera, como un lamento distante. Finalmente, lo acuesto de nuevo, arropándolo con las sábanas que huelen a lavanda y a infancia robada. "Duerme, mi amor", le digo, pero sus ojos se clavan en los míos, llenos de un miedo que no debería pertenecer a un niño. Salgo de la habitación, cerrando la puerta con suavidad, y me apoyo en ella, el metal del picaporte frío contra mi palma. La presencia de la entidad se siente más cerca ahora, un peso en el aire que hace que mis pulmones trabajen más para respirar.

Bajo de nuevo, decidida a no quedarme sola con mis pensamientos. María. Debo hablar con María. Ella siempre ha sido mi ancla, la que me escucha sin juzgar, aunque a veces dudo de su fortaleza. Busco mi teléfono en el bolsillo de mi chaqueta, el aparato viejo y desgastado que parece tan fuera de lugar en esta casa antigua. La llamo, y el tono reverbera en mi oído, cada pitido una eternidad. Finalmente, responde, su voz cálida y serena, como un bálsamo en esta tormenta. "Ana, ¿estás bien? Suenas... diferente".

No me ando por las ramas. "María, el diario... he encontrado cosas sobre nuestra familia. Sobre una maldición, un sacrificio. Y mi hijo... está teniendo visiones". Mi voz se quiebra al final, y me muerdo el labio para contener las lágrimas que amenazan con salir. Hay una pausa al otro lado de la línea, un silencio que se estira como una cuerda tensa, y cuando responde, su tono ha cambiado, una nota de cautela que no había oído antes. "Ana, no deberías revolver eso. Hay razones por las que el pueblo es como es. Tu abuelo lo sabía, y trató de protegerte".

Sus palabras me encienden, un fuego que se aviva en mi pecho. "¿Protegerme? ¿Manteniendo secretos que ahora amenazan a mi hijo? ¿Qué sabes, María? Dímelo". Mi voz sube de volumen, y me doy cuenta de que estoy gritando, mis puños cerrados a los lados. En la cocina, la tetera comienza a silbar de nuevo, un sonido agudo que me hace saltar. María suspira, y puedo imaginarla en su propia casa, retorciendo sus manos con ese gesto nervioso que siempre la traiciona. "Hay historias, Ana. De cómo tu bisabuelo hizo un pacto. Pero no es algo que debas enfrentar sola. Ven mañana, a la plaza central. Hablaremos en persona".

La conversación termina abruptamente, y me quedo con el teléfono en la mano, el zumbido de la línea muerta resonando en mis oídos. Nuestra relación se tensa en ese momento, un hilo que se afloja pero no se rompe del todo. ¿Por qué no me lo dijo antes? La ira y la confusión se mezclan dentro de mí, haciendo que mi estómago se revuelva. Quiero confrontarla ahora, ir a su puerta y exigir respuestas, pero sé que no puedo dejar a mi hijo solo. Así que me contengo, caminando de un lado a otro en la sala, las sombras de los muebles alargándose como dedos que me rozan.

La noche cae sobre la casa, y con ella, un frío que se cuela por las rendijas de las ventanas. Me siento en el sofá, el diario en mi regazo, pero no lo abro. En lugar de eso, escucho. Al principio, es solo el crujir de la madera, el lamento del viento. Pero luego, algo cambia. Un libro en el estante de la biblioteca se mueve, deslizándose unos centímetros como si una mano invisible lo empujara. Me incorporo, el corazón en la garganta, y me acerco con pasos cautelosos. El aire se espesa, cargado de electricidad, y siento un roce en mi nuca, como el aliento de alguien que no está allí.

Objetos comienzan a agitarse: una lámpara en la mesa tiembla, su luz parpadeando erráticamente; en la cocina, los cubiertos en el fregadero tintinean como si una ráfaga de viento los agitara, aunque las ventanas están cerradas. Me detengo en el umbral de la biblioteca, mis manos extendidas para equilibrarme contra el marco de la puerta, y observo cómo el diario se abre solo en la página del sacrificio. Las palabras parecen brillar, y un gemido bajo llena el aire, un sonido que vibra en mis huesos. La presencia de la entidad es palpable ahora, una fuerza que hace que el suelo tiemble bajo mis pies.

Corro hacia la habitación de mi hijo, el pánico impulsándome, y lo encuentro sentado en la cama, sus ojos muy abiertos. "Mamá, ¿lo sientes?" pregunta, su voz un susurro aterrorizado. Lo abrazo con fuerza, sintiendo su corazón latiendo contra el mío, y en ese momento, sé que no hay vuelta atrás. La maldición se está extendiendo, tocando lo que más amo, y yo soy la única que puede detenerla. Decido, en lo más profundo de mí, que protegeré a mi hijo a toda costa, incluso si eso significa enfrentar el horror que acecha en las sombras. Pero mientras la casa se agita a nuestro alrededor, sé que el precio será alto, y que el camino adelante está pavimentado con secretos que aún no he desenterrado.

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